Maternidad espiritual (1ª parte)

 LA MATERNIDAD ESPIRITUAL DE LA MADRE DIOMIRA CRISPI

Ornella Confessore, Poggio  San Francesco,
 Monreale, 2 setiembre 2003.

 

«A todas aquellas que el Divino Amor me ha dado como hijas, a todas las que como a tales siempre las he considerado, a todas a quienes he amado, les aseguro que todo lo he querido hacer por su verdadero bien; que voluntariamente no he querido causar injuria alguna a ninguna de ellas… A vosotras, queridas Hijas y Hermanas, a vosotras una recomendación especial: sed verdaderamente Religiosas…, verdaderamente Oblatas al Divino Amor, así cual os quiere este “Divino Amor”, así como os ideó nuestro venerado Fundador, el Siervo de Dios Mons. Antonio Intreccialagli y como os quiere Aquélla que vosotras habéis llamado por tantos años “Madre” y que por tantos años os ha tenido como a hijas amadas de su corazón». Estas palabras del testamento espiritual de la Madre Margarita Diomira Crispi, escritas en julio de 1958, cuando estaba en los umbrales de los 80 años, encierran, en síntesis, el sentido de su elección vocacional y del legado vivísimo y personalísimo de la maternidad espiritual que la unía, en calidad de fundadora de la Congregación de las Oblatas al Divino Amor, a las cohermanas de las distintas Casas de Italia y de las Américas.

El penoso y atormentado camino de Margarita Diomira Crispi hacia el conocimiento de una “llamada”, de una “misión particular” que se encontraba aún más allá de la elección ya cumplida a los 20 años con el ingreso entre las “Hijas de la Cruz”, y que la había llevado primero a Francia y después a Parma, luego de haber superado obstáculos y dificultades familiares de no poca importancia, sucede alrededor de 1910 -11, con una “conversión”, “una verdadera revolución moral” -como ella misma escribe- que sustituye a años de tormento espiritual transcurridos en un alternarse de momentos de una pasión religiosa ardiente y otros de absoluta aridez y, por consiguiente, de impaciencia. Si de una parte tal “revolución” lleva a la ruptura completa de las relaciones con la madre, por otra le abre un nuevo camino durante el cual pronuncia el voto de predilección, o sea el voto de amor a Cristo, anulándose en el divino: “Yo era él – Él era yo” que confiaba a su director espiritual, volviendo a las sensaciones del momento del voto, durante las cuales había probado la particular experiencia mística de participación-unidad con el divino, de comunión íntima con Dios, en el signo de disponibilidad y dedicación total en un amor nupcial del cual sus diarios son un vivo y continuo testimonio.

La elección religiosa de “hija de la cruz” no había agotado la íntima lucha consigo misma y ella piensa en otras elecciones, en otras Comunidades; se recrimina el abandono de la madre, de ella teme cualquier gesto indeliberado, mientras se refuerza la certeza de que Dios quiere de ella un “cambio de escena”, que parece concretarse con el paso de la vida activa a la contemplativa, que le ha concedido la Sagrada Congregación de Religiosos. En abril de 1920 entra, por tanto, en el Monasterio de las Pasionistas en Corneto Tarquinia, mas el puerto tranquilo aún no ha llegado; la “vocación”, la “misión” es otra; la “persecución amorosa” de Dios la persigue y finalmente pronuncia la “gran palabra que (la) hace temblar: Fundación”. Es esto lo que Dios quiere de ella. Deja, por tanto, Tarquinia, vuelve a la Sicilia donde, apoyada por el arzobispo de Monreale, Mons. Antonio Intreccialagli, por el jesuita P. Antonio Deodato Bandiera, y por último por el arzobispo de Palermo, Cardenal Alessandro Lualdi, da vida a una nueva Institución, cuya espiritualidad, aunque no en forma de cuarto voto, tiene sus raíces en una robusta connotación trinitaria, en la oblación al Amor Uno y Trino de almas que se ponen, como escribía en su diario, “a disposición del divino Pontífice” para inmolarse “cómo, cuánto y cuándo” él quiere… “en reparación de los ultrajes, sacrilegios, etc. de los Ministros sagrados; y de una manera muy particular después por el retorno a la unidad de las Iglesias separadas”. Quienes hubieren sido parte de la nueva Institución, que nacía en una Sicilia ya rica de la presencia de Casas, Institutos religiosos, asociaciones de vírgenes consagradas, habrían de ser almas dedicadas a la vida contemplativa, con la obligación de la clausura para conservar mejor un espíritu de adoración, inmolación, adoración, incesantes alabanzas y expiaciones, con obras de celo y de apostolado basadas sobre el “principio del amor”, sobre el “voto de amor” que tendría como distintivo la nueva institución. El culto del S. Corazón, en el apelativo de Eterno sacerdote, habría hecho de las Oblatas “las humildes siervas del sacerdocio católico” que habría de ayudar a la obra sacerdotal sobre todo con la instrucción religiosa de la juventud, a través de la obra de los catecismos, la Obra de la Comunión, Cursos de ejercicios espirituales, viniendo en ayuda también de las necesidades cotidianas de la Iglesia en colaboración con la comunidad sacerdotal y según las directrices del Ordinario.

De esta forma ha dado inicio el camino de la nueva Institución que, nacida como nueva comunidad en Sferracavallo (Palermo), muy pronto se trasladará a Monreale, primero en la Iglesia de San Castrense y sucesivamente a la Badiella, con el nombre aún de Sociedad de las Hermanas Oblatas del Divino Amor, transformadas después, en marzo de 1926, en Oblatas al Divino Amor. Desde Monreale la Congregación (reconocida el 1º de enero de 1923) se extiende a la Sicilia; entre 1924 y 1930 surgen nuevas casas en Álcamo, Mazara, Valderice, Marsala; más tarde en Partinico (lugar natal de la Madre Crispi). Después, en 1929 nace otra Comunidad en Roma que desde 1935 hospedará, en Prima Porta, la Casa General. Desde Italia la Congregación se traslada a América Central, donde en 1930 llegan las primeras cuatro Oblatas para iniciar una obra de “colonización religiosa” que las lleva a San Salvador donde se abre un Colegio para Señoritas. De San Salvador, en el espacio de algunos decenios, la Congregación se extiende a las repúblicas de Costa Rica, Nicaragua y Honduras, pasando después a América del Norte y también a Colombia, Panamá, México, Guatemala. El camino está trazado; a la Madre Diomira (Margarita) Crispi le toca la tarea de guiar, como Superiora General, a su Comunidad por largos decenios hasta finales de los años 60, una comunidad que, de la actividad interna, había pasado muy pronto, como se ha dicho, a la externa, atendiendo particularmente a la educación, a la instrucción y a la formación moral y profesional de la juventud femenina.

A raíz de la escogencia existencial y vocacional de la Madre Crispi, existe la profunda convicción del amor de Dios hacia su criatura, a la que responde con un amor fiel y agradecido, un amor “en sentido vertical” -como se ha escrito- que hace suyo el lema ignaciano de consagrar la propia existencia “ad maiorem Dei gloriam(para la mayor gloria de Dios) (1) y al que corresponde, en sentido horizontal, un servicio de fraternidad a los hombres. Del Uno a muchos y de muchos al Uno, del centro hacia afuera y de afuera hacia el centro, como los pétalos de una preciosa Margarita (su nombre de Religiosa, de Hija de la Cruz), como ella misma escribía y como ha recordado su biógrafo Tommaso Papa. Este ideal no lo ha querido seguir la Crispi con un itinerario solitario, como de religiosa ciertamente lo habría podido hacer, mas ha querido compartirlo, dando vida a la Congregación, con cuantas hubieren sentido la llamada particular a la oblación total de sí mismas, formando una Familia verdadera y propia, en la cual los vínculos de unión fuesen fruto de caridad, amor, humildad.

Y la Crispi, en calidad de Madre de una Familia siempre más numerosa, trabaja para reforzar en sus Hijas la vocación “especial” de Oblatas al Amor Divino, que deben estar bien conocedoras de la adoración divina recibida con el bautismo, el único verdadero “nacimiento” para la Madre Crispi, por el cual toda la vida espiritual y religiosa “no ha de ser más que el desarrollo del espíritu de esta adoración”. Y dirigiéndose a sus Hijas en una Circular de junio de 1933, reflexionando sobre el significado filológico (Oblatas al; no Oblatas del, con un significado de total inmolación de sí) y sobre el sentido teológico de la oblación al AMOR DIVINO, hecha de derechos (de Dios sobre ellas) y de deberes (de ellas hacia Dios) daba una lección de pedagogía religiosa que se extendía hasta la meticulosa indicación de las siglas (R.O.D.A.: Religiosas Oblatas al Divino Amor) con las cuales había que firmar la correspondencia, como recuerdo continuo del propósito y del espíritu de la Sociedad. La insistencia sobre el significado más verdadero y profundo de la vocación de Oblatas, que ella define “centinelas del Amor”, será un tema central y constante en la correspondencia y en las Circulares dirigidas a las distintas Casas, en las cuales hasta algunos años antes de morir vuelve a remachar el verdadero, único “ideal” de la “verdadera” Oblata: el ofrecimiento, la inmolación, la consumación de sí misma “en unión con el primer divino oblato Jesús”.

En el proponer repetidamente a todas las Oblatas, novicias, postulantes, religiosas, el sentido de la propia oblación, el amor hacia Dios, “alma, respiro de nuestra vida”, la Madre Crispi no acababa de subrayar a su vez la “maternidad” del amor divino, entendiéndola, como ya se ha subrayado, como “generación de vida y de salvación” para cualquier ser amado por Él “desde toda la eternidad”, a cuyo amor debía corresponder un ofrecimiento de amor. Una “maternidad” espiritual que ella, a su vez, volvía a proponer en sus relaciones con las Hijas, con una consideración y delicadeza especial por las Novicias a las cuales como “madre y hermana mayor” desmenuzaba el pan de la inteligencia y del corazón traduciendo y reelaborando con “amor materno” -como ella misma escribía- el tratado “La varié politesse. Petit traité sous forme de lettres à des Religieuses” (La variada cortesía. Pequeño tratado bajo forma de cartas a las Religiosas) (2) del abad Francesco de More escrito para una clarisa, proveyendo de esta forma un “código de civilización religiosa”, útil para la formación espiritual de las Oblatas, que para la Madre Crispi representaba “el más querido y el más gravoso de (sus) deberes”.

Y a este “deber” la Madre Crispi le dedica mucho cuidado, revelando dotes y sensibilidades pedagógicas y sicológicas de religiosa que sabe moverse con tacto y delicadeza, buscando, en los momentos dolorosos por los que ciertamente atraviesan la Sociedad y ella misma, ahorrar a las Novicias preocupaciones y tristezas, como normalmente hace una madre cariñosa que protege a los hijos más frágiles y expuestos al peligro, recomendando no leer delante de ellas sus mensajes más duros dirigidos a las Casas que la causan preocupaciones, penas y dolores porque ha venido a menos el espíritu de caridad, “principio, regla, fin de la educación religiosa”. Para las Novicias insistirá particularmente en las cualidades, que deben distinguir al hombre nuevo, la nueva vida elegida por ellas, que debe borrar “todo aquello que puede ser del hombre viejo”, en el conocimiento de la acción de transformación ejercida por el amor divino recibido, que hace amar de una menara nueva, inédita. En particular la obediencia, la mortificación, la inmolación de la propia voluntad, y, por tanto, la humildad, continuamente son requeridas  por la Madre Crispi que se apresura a dar indicaciones precisas aún sobre el comportamiento exterior de una oblata, que debe quedar impreso a toda costa con delicadeza y con tacto. El modelo de perfección propuesto es el de María, “que continuamente nos enseña -ella escribe- lo que se debe corregir, evitar, huir, practicar”.

El continuo tender hacia “la cumbre más alta de la santidad” -escribe en julio de 1936- podría llevar a desalientos, pero la Madre CRISPI NO ADMITE tal estado de ánimo, que ella considera con mucha claridad, “uno de los pecados más abominables” en cuanto es “pecado de amor propio refinado y pecado contra el amor” que no tiene cuenta de la “continua…resurrección espiritual” que toda Oblata debe cumplir, “andando de oblación en oblación hasta…la sepultura del propio Yo humano”. Para “subir a lo alto” la Madre Crispi señala el verdadero camino a recorrer: el total abandono en Jesús, “medio…fin…camino y…cumbre”; sus brazos serán “las alas” que ayudarán a la ascensión, la que todavía no conlleva -repetía continuamente la Madre Crispi- un desempeño personal en cuanto que la “resurrección espiritual” no se ejerce sin “nuestra contribución de voluntad sincera”. Si el desaliento debe ser desterrado, no es por lo general tolerable -y aquí la Madre se reviste de la severidad que le confiere su oficio de Superiora general ejercida por más de 40 años- que venga a menos “el espíritu religioso”, como ciertamente acaece en algunos períodos, de tal manera que no puede responder con el envío de religiosas a las solicitudes que le llegan de América, justamente por falta de “buenos sujetos”. Sobre este asunto la Madre Crispi está firme: su dulzura se transforma en autoridad aun delante de las Novicias, no admite ceder: “No tenemos necesidad -escribe en febrero de 1937 dirigiendo la carta también a ellas- de sujetos de término medio, no de apariencias vanas de religiosas; recordad que el Señor no puede estar contento, ni tampoco nosotras lo estaremos, teniendo problemas con oblatas que no tienen sino el nombre y que en su conducta no son sino la negación”. Y especificaba la vitalidad de la fundación de una nueva Institución no en las “riquezas acumuladas”, no en la “grande instrucción”, no en las “grandes casas” o en los “grandes colegios” considerados todos un “exceso” en la economía divina, sino más bien en la “perfección religiosa”, tejida de amor, pero de un amor “práctico, productivo”, que debe comenzar aquí abajo y eternizarse en la gloria bienaventurada”.

La acción pedagógica de la Madre Crispi es continua, presente, apremiante; su atención va también a aquellas que están en América Central, a quienes confía la misión de la conversión a una vida verdaderamente cristiana de una población hacia la cual la Madre Crispi alimenta particulares preocupaciones -como ella lo subraya en sus cartas enviadas desde Roma- por su “materialismo”, por la falta de “sólidas bases morales” particularmente en la juventud que parece dedicada “a la vanidad y a la frivolidad”. A las Aspirantes, hacia las cuales siempre demuestra una particular solicitud, recomienda sobre todo la generosidad en el ofrecimiento de sí mismas y en el abrazar la Cruz, jamás separada del Amor. “Debéis ser generosas, apremia la Madre Crispi, debéis dejaros desollar vivas” y al mismo tiempo aconseja a quien no se siente capaz de recorrer el camino de la consagración total al “Amor divino, a aquel Dios Uno y Trino que es Amor”, a retirarse, a retroceder “antes que comenzar y después echar atrás”. Probablemente la Crispi tenía presente su personal y atormentado camino espiritual que la había llevado hacia las Hijas de la Cruz, desde las cuales, en un determinado momento, había decidido alejarse para volver, no al mundo, sino a la clausura, y como, siendo Novicia en aquella orden, había vivido un período de aflicción “tomando y dejando” -como escribía en su diario- según las “alternativas de fervor y de aridez”. La Madre Crispi, por tanto, estaba particularmente atenta a este delicado período de la formación religiosa, durante el cual su “carácter” había sido “poco o casi nada trabajado” y si martilla con insistencia, remacha la importancia de una “continua resurrección” a la que ha decidido “avanzar valientemente”, no deja a un lado su insistencia: “ahora adelante, siempre adelante…hasta el final;… sólo el que haya llegado al final, será coronado”. En este camino la Crispi no deja, según una línea que puede subir hasta la experiencia salesiana, de invitar a la alegría, signo externo de haber alcanzado una serenidad interior: “La señal -escribía- de que uno está verdaderamente bien allí donde se encuentra y donde Dios lo quiere es precisamente esto: estar contentos y alegres” porque una santidad obtenida en la tristeza no es válida; “un santo triste -concluía- es un triste santo”. Pero la alegría no es ciertamente sinónimo de ostentación y de búsqueda de visibilidad; la santidad “verdadera” y “grande” desea lo escondido; “ser santas verdaderas y grandes, pero también escondidas” exige una lucha contra la vanidad, pide generosidad, mientras que puede llegar a ser menos que una cultura superior. “Sin un caudal de ciencia –escribe en 1937, concepto constante en sus cartas-, la vida religiosa puede avanzar y va hacia adelante aún en un Instituto Religioso…; pero sin vida religiosa, sin virtud religiosa, tarde o temprano se derrumbará”…

La Madre Crispi está plenamente convencida de esto, si bien ha experimentado en su vida religiosa precedente, cuán importante habría sido la presencia, y por lo tanto también, la ausencia, de Directores ESPIRITUALES, de MAESTRAS y de Superioras culturalmente bien preparadas para guiar sus selecciones vocacionales, para apoyarlas en sus momentos de oscuridad, para indicarles nuevos caminos espirituales. Mas para la Madre Crispi el “hambre de Dios” que la había llevado a fundar un Instituto de almas “adoradoras, dedicadas de un modo especialísimo al Divino Amor con espíritu de Adoración, de Inmolación, de completa dedicación al servicio divino” (como recuerda en 1965), debía ser el centro en la existencia de una Oblata; todo lo demás: “la gran ciencia, los grandes colegios, los maravillosos resultados materiales, intelectuales y el aplauso humano” eran solo un “fin secundario”, ciertamente elementos “útiles”, pero “no siempre necesarios” -subrayaba en una visión muy severa y rígida- que por lo general jamás deberían haber perdido de vista “el máximo”, “nuestro verdadero espíritu” si  no se corría el riesgo de mal interpretar el sentido profundo del “glorioso título de Oblatas al Divino Amor”.

Estas palabras pronunciadas en 1965, pero no más en calidad de Superiora General, pues el Primer Capítulo General había procedido a nombrar otra Superiora General, lo que le ha procurado un “martirio interno” que sólo ella conoce y que consigna en su Diario, ofreciendo su pena a Cristo, sin manifestar cosa alguna a lo externo, tienen un profundo significado. Quien ahora habla no es la Superiora General, sino la Fundadora de la Congregación, preocupada principalmente por la herencia espiritual de la Institución fundada por ella, pues avanza ahora, serpenteando aquí y allá como en años anteriores, el temor de que el “espíritu” auténtico del Instituto, sobre todo el amor y la caridad, se pueda aflojar y prevalezcan fines humanos; es una preocupación que, presentada otras veces en la larga vida de la Madre, le ha hecho derramar “lágrimas”. Pero también en aquellos momentos de profundo sufrimiento, ha dirigido su acción de gracias por “la visita providencial del dolor” aceptado  -así lo hará siempre- como querido por Dios “para el…mayor bien individual y colectivo”.

(continua…)

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