Maternidad espiritual (2ª parte)

LA MATERNIDAD ESPIRITUAL DE LA MADRE DIOMIRA CRISPI

Ornella Confessore, Poggio San Francesco,
Monreale, 2 setiembre 2003.

(… continua)

Pero si la Madre Crispi acepta en el plano personal el dolor que le ha causado todo lo acaecido en algunas Casas donde han sido violadas las reglas de la discreción y de la prudencia y se han cometido abusos, donde ha estado ausente o se ha deslucido el espíritu de sacrificio y ha prevalecido el “espíritu de revuelta, de insoburdinación, de partido”, no teme demostrar a sus hijas, en cuanto han permanecido como tales (“iré como Madre entre hijas”, escribe desde Roma el 26 de febrero de 1946), el rostro de una madre severa que sabe juzgar y reprender y en el caso también amenazar con castigos severos, imponiendo sobre todo el silencio sobre lo pasado (“quiero que se guarde el más absoluto silencio”) y después, con acentos que revelan el fuerte temperamento de una mujer “bíblica”, no dudando en recordar que el juicio divino pesa sobre quien “contrista a los Superiores” (“Dios no bendice a quien hace sufrir a los propios Superiores”, Roma 7 de marzo de 1946); “Dios castiga a quien contrista a los Superiores” (Monreale, 29 abril de 1946); “Dios amenaza con su venganza a quien hace llorar a sus propios Superiores” (7 diciembre de 1952); ella misma pronuncia palabras duras para quien ha faltado al espíritu de caridad y de obediencia: “¡ay -escribe desde Roma, dirigiéndose a las Casas de la Sicilia- ay de aquélla que se permite sembrar la cizaña de la discordia, del mal humor, del chisme!”; y tomando cuanto ha sido expresado por el Prefecto de la Congregación de Religiosos, al que ha referido la situación de algunas Casas, no duda en invitar a dejar la Comunidad y a amenazar, como se lo ha dicho el Prefecto, con la suspensión de los sacramentos para quien no regresa al espíritu del Instituto (Monreale, 23 de mayo del 1946).

Pero también la situación molesta que se ha creado por la falta de caridad y prudencia, se transforma para la M. Crispi en una ocasión pedagógica para extender a todas las religiosas de las diversas Casas, a través de cartas circulares que recomienda leer “en vez de lectura” cada primer miércoles de mes. De esta forma la Crispi vuelve una vez más a recordar la esencia de una vida cristiana “encuentro de dos Amores: el divino y el humano” (Roma, 10 junio de 1946) y en particular aquella que distingue el voto de la Oblata, que debe morir al orgullo, al egoísmo, anonadándose como el grano de mostaza evangélico, para renacer: “Es necesario -escribía desde Roma en junio de 1946- que el alma llegue a ser pequeña pequeña como un granito de trigo y bajar y hacerse echar bien abajo en el surco profundo y allí permanecer escondida, ignorada, aplastada y morir allí como el pequeño granito, al propio orgullo, a los deseos egoístas, al propio juicio”. Vuelve, de nuevo, a recomendar el espíritu de adoración, fin principal de la Sociedad, que ha de ser obtenido con prácticas y ejercicios de piedad; en particular apremia la obediencia, “aún en cosas graves y repugnantes a la naturaleza, no viendo si no a Dios, en el que ordena” el ejercicio de la prudencia y de la caridad, recordando, además, que más allá de la vida de oración, la vida religiosa supone trabajo “ley universal” cuyo incumplimiento equivale a falta de un “deber sacrosanto”. Una acción continua de pedagogía religiosa que ella imparte continuamente también a Religiosas ya consagradas, particularmente a quien le causa alguna pena; con rara sensibilidad psicológica, por ejemplo, ofrece justamente a quien le era causa de muchos sufrimientos, misiones de responsabilidad, como la administración conjunta de un Laboratorio, para no dejar sin oficio, en un estado de endeble y de vencida, a la que había faltado a los deberes preciosos de una Oblata,

Si las recomendaciones, de las que rebosa su correspondencia epistolar, se refieren a todas las Oblatas, incluidas las Novicias, hacia estas últimas la Madre sigue usando siempre una extremada delicadeza y reserva, ahorrándoles, en la correspondencia que mantiene con ellas en los mismos días de los sufrimientos más agudos, impresiones complicadas, usando un lenguaje muy distinto de aquél dirigido a las religiosas, a quienes recomienda no leer a las jóvenes Novicias las cartas más molestas y duras. Efectivamente, las Novicias eran mantenidas en la oscuridad, en los momentos de las crisis que atraviesan la Comunidad, como consta de testimonios exactos que confirman que “nada se filtraba de cuanto sucedía…; a nosotras sólo nos llegaba la exhortación a rezar incesantemente por las necesidades de la Congregación”. A las Postulantes y a las Novicias, las “benjamines de mi corazón”, se dirigen, efectivamente, las atenciones particulares de la Crispi que muy sabiamente sabe usar, una vez pasados los momentos de más graves crisis, también el arma de la ironía hacia sí misma para arrancar una sonrisa, solicitándoles oraciones especiales para que, “después de haber mostrado a las demás el camino de la perfección, no sea yo la que haya luego de quedarse atrás”. Y, como una buena madre que se pregunta sobre sus responsabilidades personales cuando un hijo se descarría, la Crispi no duda en achacar a sus propias faltas, con una visión en cierto sentido vétero testamentaria, la causa de tantos problemas ocasionados a ella por hijas un poco revoltosas; “tal vez, sin duda, soy yo la causa de todo esto, yo con mis infidelidades y mis pecados; tal vez, sin duda, yo atraigo este castigo divino sobre nuestra querida Sociedad”.

Y, por lo tanto, también en los momentos de crisis, al interno de la Congregación, como resulta también de los testimonios recogidos, la Madre Crispi pone en práctica con generosidad lo que solicita a sus Oblatas: la caridad, aceptando valientemente el sufrimiento causado por cuantas se alejan de las Constituciones, ofreciendo todo para gloria de Dios, sin dejar jamás que la noche y el descanso desciendan sobre quien ha faltado sin ofrecer su perdón.

El momento del Noviciado es, ciertamente la fase más delicada del camino vocacional, pero es también el del ofrecimiento de sí más generoso y a él la Madre desea que se haga referencia cuando le lleguen otras ocasiones de preocupaciones de las diversas Casas; en uno de estos largos momentos, entre la segunda mitad de los años 40 e inicios de los años 50, cuando efectivamente las Casas sicilianas le dan motivo de ansia y de preocupación; en estos casos el período del Noviciado se propone de nuevo a la memoria de toda Oblata, como refugio seguro para quien emprende un nuevo lanzamiento para la propia vocación y hacer renacer el “primitivo espíritu religioso”. “Recóbrense en el Noviciado -exhorta en 1949- la obediencia, la pobreza, el espíritu de fe, de sacrificio y sobre todo de caridad”, subrayando como propio que la falta de esta última sea la causa de “tanto mal” extendido en las Casas italianas, mientras que en América, en sus frecuentes viajes que la llevan a visitar las Casas y los Colegios nacidos allá, ella encuentra el “verdadero espíritu” de la Sociedad. Y se preguntaba: “¿Serán las Americanas mejores que las Italianas?; ¿el Señor se encontrará mejor entre ellas, que entre nosotras?“, considerando como algo “vergonzoso” para las Casas italianas ser superadas por las de América. La falta de caridad es lo que más le preocupa y la hace sufrir, siendo solícita a apremiar a sus Oblatas con continuos reclamos a la observancia escrupulosa de la misma: “jamás acabaré de repetirlo; caridad”; de esa continua exhortación ella tiene pleno conocimiento y busca atenuar el rigor de algunas de sus palabras, escribiendo: “No son reproches los míos, sino razonamientos de madre que desea el bien de sus hijas”.

Hacia estas “hijas” la Crispi, a pesar de la severidad que los diversos testimonios, por medio de la “Positio” le han reconocido, usaba de afecto y de cuidados, definidos en la misma documentación como “maternales”, con una atención particular hacia las hermanas más delicadas de salud, que no dudaba en volverlas a recibir en familia para que tuviesen un cuidado más adecuado, visitándolas y siguiéndolas por correspondencia, privándose a veces personalmente de la comida para dársela a ellas y no dudando, en los años críticos de la posguerra, pensar en vender los vasos sagrados de las Casas para ir en ayuda de las necesidades de las enfermas: “las religiosas se van curando bien” -solía repetir-.

En muchas ocasiones, como se ha dicho, América con las Casas y los Colegios allí fundados, ha sido causa de comparación y de cotejo con la situación italiana, sobre todo en los momentos en los que en Italia se nota algún decaimiento con relación al espíritu inicial. América, que debería ser en los orígenes, la tierra del transplante de la Congregación, si no hubieran venido a menos personas y promesas, es ciertamente la tierra que después de la Sicilia, la Crispi ha tenido siempre en el corazón. En relación con las primeras hijas que en 1930 se habían embarcado para la aventura americana, yéndose a S. Salvador, llamadas allí por el Arzobispo José Belloso y Sánchez, la Crispi había tenido gestos y palabras que sólo un corazón materno podía concebir. En su diario hay páginas bellísimas dedicadas a la partida de las primeras cuatro jóvenes religiosas, desde el puerto de Génova que ella acompaña desde la Sicilia hasta el momento de embarcarse en la nave Leme, no sólo son de un realismo fascinante por la descripción del puerto con su movimiento de hombres y mercancías, sino sobre todo rebosan de afecto hacia estas pequeñas hijas que ella envía a tierra de misión y por cuya separación sufre en el silencio del corazón una pena profunda, que ella tiene el cuidado de “esconder para no hacer sufrir más -como lo confía en su diario- a aquellas que me rodean”.

En particular, en relación a la descripción del saludo a las que parten, ella quiere dar una vez más una vuelta después de que la nave se ha separado del muelle, pero eso no es nada de cuanto ya ha hecho; entonces alquila con otras cohermanas un bote para poder alcanzar la nave que está acercándose a un andén antes de salir a mar abierto. Su descripción viva y real, que nos recuerda las secuencias felinianas de “la Nave”, con el afanoso remar del barquero que trata de alcanzar el andén para saludar por última vez las pasajeras, lo que hace subir, en forma notoria, los latidos de su corazón, el prodigarse para llamar la atención de las hermanas que desafortunadamente vuelven la espalda al muelle sobre el cual finalmente la M. Crispi ha llegado jadeando, desbordan del afecto de un corazón materno por el cual todo sacrificio es pequeño: “Nos vimos -escribe M. Crispi después de que su presencia ha sido indicada a las hermanas por un pasajero- nos saludamos haciendo señales. ¡Oh, qué de cosas habrán experimentado sus corazones! Hijas mías, son los últimos instantes. Qué alegría, qué dolor, qué escena más inolvidable. Jamás habría pensado que nuestro último adiós habría sido tan poético, tan suave, tan extraordinario. Ni ellas jamás lo habrían soñado. ¡Oh, cómo deben estar contentas! Queridas hijas, fue el amor que me permitió hacerlo. El corazón de madre tiene ciertos inventos que no siente otro corazón. Por vosotras, para volveros a ver, para no haceros permanecer desilusionadas, sería capaz de arrojarme hasta en el mar”. Pero más allá del dolor de la separación tan profundo, tan humanamente complicado, (“¿cómo es posible, cómo es posible” -se preguntaba con verdadera angustia- he podido dejarlas partir?”. Y ella se respondía: “Es verdad, no es más que un préstamo que he hecho a América, pero la ausencia será siempre larga. ¿Cómo me resignaré durante este tiempo?”). Más allá de todo, existe como siempre, momentos de sufrimientos muy agudos, una visión más alta, el ofrecimiento de tal pena a Dios, al Amor Divino. “Dios mío, tú serás mi fuerza” y, aún en medio del dolor, la M. Crispi pronuncia una vez más su “gracias” a la Divina Providencia, juntamente con la urgente solicitud de nuevas vocaciones. “No obstante la pena -escribe ella- sé que este viaje a América es obra del Divino Amor, de la Divina Providencia para nosotras. Gracias oh Dios de mi corazón… Se empieza la obra de la preparación para otras que deben partir hacia allá. Dios mío inspírame la elección de ellas…; dame almas con una buena y verdadera vocación, tengo necesidad de ellas para ti; dámelas”.

La anulación de sí es la otra nota dominante de la espiritualidad de la M. Crispi, juntamente con el ofrecimiento de las penas y de los sufrimientos privados de su larga vida (la pérdida, aún siendo niña, del amadísimo padre, la apostasía y después el regreso de su madre y de su hermano, la separación total de la madre, después su muerte y la misteriosa desaparición de su hermano, la pérdida por fin de su hermana Ginebra), unidos a aquellos que recibe también al interno de la Congregación, siempre para gloria de Dios, según las enseñanzas impartidas por el Arzobispo de Monreale, Antonio Augusto Intreccialagli, que la exhortaba a dejarse “destruir completamente por la fuerza de aquel fuego divino que en la destrucción transforma y da la nueva vida”.

La Madre Crispi había hecho suya la admonición del Arzobispo: “Vivir de Dios con ansias crecientes”, como escribe Cataldo Naro (3), y ella propone a sus Oblatas su mismo anonadamiento en Dios, su misma “destrucción”; a ellas las define “hostias destinadas al más perfecto holocausto”, cuyo logro exige también una completa “inmolación” de la propia voluntad en la obediencia absoluta a los Superiores según el espíritu ignaciano, propuesto muchas veces por ella a la reflexión y meditación de las Oblatas y recordado por algunas de ellas en sus declaraciones para la“Positio”: “Recomendaba -escribe una hermana- una obediencia ciega como la de los jesuitas” que ella misma practicaba en primera persona, obedeciendo a todo lo dispuesto por la autoridad eclesiástica, dejando aun la Casa de Prima Porta, cuando le fue solicitada porque era indispensable para las necesidades de la parroquia, si bien este acto de obediencia le costara mucho sufrimiento personal que se vislumbraba sólo en sus diarios. De esta forma, al mismo espíritu de total ANULACIÓN, respondía la solicitud que ella constantemente dirigía a las Novicias, a practicar la pobreza, renunciando a la posesión material de todo aquello que era necesario usar, acostumbrándolas a utilizar una terminología apropiada con la frase “de mi uso”, dirigida a indicar cuanto era utilizado en la vida de comunidad, que excluía todo derecho de propiedad y cualquier sentimiento afectivo en relación a objetos y libros.

La anulación de sí en el plano personal, en función de la vocación Oblata, no lleva, sin embargo, en la visión de la Crispi, un alejamiento del mundo. Como escribía Intreccialagli a otra hija suya, Antonietta Mazzone: “No se sale de Dios cuando se trabaja para Dios” y, por consiguiente, a la luz de un constante abandono a la voluntad divina pueden encontrar “espacio -como escribe Cataldo Naro – la contemplación y la acción, la oración y el apostolado”. De esta forma la Crispi, que había ideado una Congregación en la que de hecho la vida activa se había adherido a la contemplativa sobre todo con la obra de educadoras desarrollada por las Oblatas que las había traído en el mundo, estaba plenamente convencida que sus Religiosas deberían dar su propio aporte y gastarse por la construcción de la sociedad religiosa, pero en lo puramente civil. En tal proyecto podemos creer que entrase también como “deber” el ejercicio del derecho electoral que ella hacía respetar siempre, permitiendo a las religiosas regresar a sus propios lugares de origen para que ejercieran tal derecho, tan fatigosamente conquistado por las mujeres, demostrando una personal sensibilidad civil a la que alentaba a sus mismas hijas. Los frutos de tal compromiso fueron evidentes, particularmente durante el período bélico, cuando la Madre y sus Oblatas no ahorraron esfuerzos socorriendo, a riesgo de sus propias vidas, a los soldaos aliados, refugiados sobre las colinas romanas para huir de los nazi-fascistas, representando un punto clave en forma sucesiva, inmediatamente en la posguerra por todo el barrio de Prima Porta, primera casa generalicia de la Orden, así como se evidencia de los testimonios para la “Positio”, -representando un punto clave- de referencia en la realidad de la periferia pobre de una gran ciudad, con la tarea dirigida a acoger a los niños y a la formación profesional de las jóvenes, que hacía del Instituto un punto de proyección social y formativa.

El rol de Madre, en su calidad de Superiora General, fue desarrollado por la Crispi por más de 40 años y personalmente jamás manifestó el deseo de renunciar a él; pero cuando en 1963 el Primer Capítulo General procedió al nombramiento de una nueva Superiora General, ella dio una vez más prueba del espíritu ignaciano de obediencia, haciendo, de primera, un acto de homenaje a la nueva elegida y alentando a todas sus hijas a aceptar con amor a la nueva Madre. Emblemáticas de tal disposición de espíritu, que ciertamente superaba la natural y humana amargura en el deber de abandonar un rol muy querido para ella, son las palabras que dirigía a sus Oblatas: “Hoy el Señor ‘permite’ que otra querida y santa criatura llegue a vosotras con el título de Madre. Pues bien, aceptadla con gran corazón…sed verdaderamente sus hijas…; ayudadla siempre con vuestra oración, con vuestra buena lealtad, con el respeto, la obediencia, el amor santo. Aquello que me habéis hecho hasta ahora a mí, por mí hacédselo a ella y yo estaré feliz y os lo agradeceré, como si a mí me lo hiciereis o mejor a Dios, quien lo considerará como algo meritorio y lo tendrá como hecho a Él mismo. Exista entre vosotras la santa caridad y la santa unión; no división, no partidos, lo que sería la ruina…todas formando un solo corazón en el gran Corazón Divino”. Con estas palabras, que encierran la summa (el punto más alto) (4) de la espiritualidad de la Crispi, centralizada en la adoración eucarística y trinitaria, en la cual disolvía toda pena y de la cual sacaba siempre nueva linfa de espiritualidad, la Fundadora de la Congregación consignaba también a sus Hijas su propuesta de vida religiosa rica de amor, de caridad, de obediencia ‘ciega’, de la cual su misma larga existencia había sido ejemplo viviente hasta la generosa última aceptación de su sustitución, que si le sustraía formalmente el rol de Madre, no borraba ciertamente la profunda dedicación a sus Hijas y el anhelo vibrante a la unión de todas en el Amor Divino, en el cual ella personalmente se había ‘anulado’, consagrándole durante toda su vida, como escribía en el lejano 1930, el “diario martirio interno del alma”.

                                                                                                             ( traducción P. J.B.Q)

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(1) Nota del Traductor.
(2) Nota del Traductor.
(3) Arzobispo de Monreale del 14 de diciembre 2002 al 29 de setiembre 2006, fecha de la muerte. Siempre fue cercano a las causas de beatificación de los sicilianos, en forma especial a la causa de la Madre Margherita Diomira Crispi.
(4) Nota del Traductor.

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